En el corazón de una época en la que todo parece estar establecido, también parece que cuestionar conceptos arraigados e ideas preexistentes resulta más interesante de lo que parece a primera vista.
En un contexto como el actual, donde saltamos de una cosa a otra pensando que somos los responsables del salto conceptual entre “x” e “y”, quien sostiene la idea de que no existe “algo” que gestione la unión entre dos cosas, defiende una idea equivocada. Tal vez por el ritmo frenético no nos damos cuenta de que existen enlaces que nos ayudan a seguir el hilo. Enlaces que actúan como intersecciones. Intersecciones que conectan planos y superficies en un único punto. A eso lo llamamos intersecciones preexistentes.
Ahora bien, a veces este tipo de intersecciones se gestionan de una manera u otra si sobre ellas se incorpora un “qué” que ayuda a interpretarlas de forma diferente. Ese “qué” ya tiene nombre y corresponde al zócalo. Sin embargo, existe una necesidad presente de redefinirlo a él y al concepto como tal. Así pues, empecemos.
Re-socol-itzar
Re-socol-itzar
Re-socol-itzar

